El ojo del tiempo
Posted by Gerardo BloomerfieldFeb 4
El ojo del tiempo
reflexión
Un bar de la ciudad vieja, unos caramelos de uva, un par de ojitos para mojar en el café y justo entra Fernando Cabrera.
La nostalgia parecía confabular los elementos ese día..
El ojo del tiempo
Me comí un ojito con gusto a escuela y moña azul. La bolsita por un momento era mi propia cabeza, la estruje, la manipulé y la rompí y hurgando en el fondo mis dedos cual cucarachas, como un recuerdo salió el ojito. Luna entera y no media luna, de aspera maizena y suave harina. De gota de membrillo como mancha de sangre al medio. Como un ojo de esos de verdad, como esos que usamos por ejemplo para mirar.
Y al comerse un ojo uno seguramente lo primero que haría sería tratar de acordarse cuando fue la última vez que se comió un ojo, con la esperanza de que no hubiera una vez anterior para poder decir : ¡hoy me comí un ojo , y no es poca cosa!
Eso me paso en Monterrey , México, hace un Goooooooooooooogle de años. En medio de la barbacoa de pozo en la cual como a la mayoría de las fiestas en que me invitaban en México no conocía a casi nadie, porque en México se conoce siempre a tanta gente que se termina por no conocer a nadie (ni siquiera a uno mismo) , se acercó un paisano a traerme el famoso “taco de ojo” con el cual regalan los mexicanos a las niñas de buen porte al pasar.
“Esa chava si que esta chida pa´charse un taco de ojo guey” ,decía el vato de la esquina en la Colonia y le clavaba los ojos a la colegiala con mas ganas que Norman Bates el cuchillo a una cortina de baño.
Aquello que yo pensé era solamente una manera de decir que “se la comió con la mirada”, se hizo carne en mi mano, se hizo comida. Se hizo un ojo de vaca mirándome de una manera tremendamente expresiva mas si se tiene en cuenta que esa vaca había sido decapitada, cocida durante horas en un agujero en el suelo , y luego descarnada. Pero sin olvidarnos claro esta de que esa vaca estaba muerta. No sé si me explico.
Y sin embargo el ojo me miraba desde el taco con una vida que ya hubiera yo querido tener en mis peores momentos.Cuando me agarró la migra cruzando el Bravo, y reculé mas bravo que el propio río para desplomarme en el primer rancho que encontré yo no tenía tanta vida, por ejemplo. Cuando me cortó la luz la UTE (compañía de electricidad de Uruguay, N de YO) o alguna mujer, yo no tenía tanta vida. Si tanta vida como ese ojo que me miraba desde la tortilla de maíz caliente, y que algún día seguro había contemplado la vida del rancho que lo vio nacer sin conocer la vaca que lo vio morir porque hasta donde sé las vacas no se miran al espejo. Las minas se miran al espejo y dicen que estan como vacas, no entiendo la comparación porque una vaca jamás se mira a un espejo.
Y los ojos son el espejo del alma. Y el mezcal me había duplicado el alma en el cuerpo y la visión en los ojos. Y ojo que yo seguía con la tortilla, con el taco de ojo en la mano que palpitaba y observaba mi boca, su destino…
Los rancheros me miraban casualmente usando sus propios ojos, pues lo consideraron una suerte de privilegio, casi como si el preparar la barbacoa hubiese sido una corrida de toros y el ojo , el rabo o la oreja tirada al palco de honor, que en este caso no era mas que una silla de plástico barata.
No me costó tanto como hubiera supuesto. Lo metí en la boca, lo dejé caer sobre la lengua y se agazapó a un costado. Y sentía que me miraba aún desde dentro de mi boca.
Lo mordí confiada en mi experiencia previa. Y ahí fue que me percaté que no tenía experiencia previa en morder un ojo de ese calibre. Salvo los de algún pescado que ni cerca, ni cerca. Son ojitos, digamos y no por ser de maizena sino por el tamaño. Y los ojitos de verdad, que en realidad son ojitos de mentira, de los que comía en la escuela, esos eran mis dos precedentes y ninguno de los dos se parecían a aquel suculento y expresivo ojo de vaca.
Estallo el líquido ocular como desparramando todo lo que la vaca había mirado y junado y relojeado y calado y fichado y campaneado y vichado en su vaca vida y quizá fue el vertigo de sentir la presencia de un ojo del mismo tamaño practicamente que el mio en mis dientes que hizo que me supiera a un manjar incomparable. Tenía gusto a recuerdos porque los recuerdos es raro saber por donde salen , pero casi siempre entran por los ojos.El resto del taco sonó desabrido a comparación de aquel primer ojo que me tragué, gelatinoso y profundo.
Y ahora me acordaba, estando aqui en cuando en el bar (right) pedí un ojito de esos de maizena desayuno casi tan popular como el croasán , eterno rival de la medialuna. Y el ojo de vaca apareció como mi primer precedente, pero el ojito tenía gusto a escuela y a moñas azules no a campera o zapato o a mugido o a rancho o a barbacoa.
Y parece que los ojitos son evocadores de nostalgia a un grado mas allá de lo que uno comprende.
Porque de la nada de una calle de rambla sobrecalentada entró Fernando Cabrera en el bar.Si el mismo que me acompañaba en tanta lejanía con esas canciones que muchos declarán de olor a bajón. El del digerible (digerible precisamente por su banda sonora) , el de la música extraña que a mi me resultaba cómplice. El cantante popular (que país extraño Uruguay.. que Fernando Cabrera sea un músico popular es de esas cosas como la del Cerro Chato o la Carcel Libertad) , entra en el bar y se sienta y pide un Martini.
Es un capo el fernando, quería ir y decirle SOS UN CAPO NANDO . No soy de saludar músicos solo porque son conocidos, no soy de elogiar por cholulez. Pero el tipo está ahí y el ojito en mi mano. Y yo iba a la escuela todavía cuando las primeras cosas de Fernando sonaban en casa y me fue acompañando toda la vida. Ahi tenés, el ojito se quedó en la escuela y recién volvía, pero Fernando Cabrera siempre había estado ahí.
Quería ir y decirle SOS UN CAPO Nando, no quería armar Bardo. Pero como todo escritor espécimen con la vista cansada tengo la necesidad de decir alguna estupidez porque los que escribimos no sabemos hablar.
Lo bueno de decir estupideces es que uno queda como un estúpido, así que al menos termina siendo sincero. Bueno, Fernando mas o menos la idea fue esa, nunca lo había visto y lo curioso es que planeaba con mi mujer ir a verlo por primera vez esta semana. Es como en las canciones, me quedó la misma impresión que cuando conocí a Pablo Goncálvez: podría ser el vecino de al lado. Y eso es lo que vuelve a cierta gente terrible.
Terrible música. La de Fernando.
Y desaparecieron las moñas, y los ojos de vaca. Y me quedé solo con la casa de al lado. Me quede solo con el tiempo , que siempre está después.
Me quede a solas con lo que sucedió, me quede sin poder hablarle mas que a mi netbook en un bar lleno del único cantautor uruguayo del que me gusta todo lo que hace porque en realidad es como un ojo que mira la ciudad desde el Prado con la naturalidad del otoño apretado y cayendo en las bocas de tormenta .
Y llegó junto con el único desayuno uruguayo que me gusta: el ojito. Y hacia años que no comía un ojito . Y a Fernando nunca lo había visto siquiera. Pero lo conocía de toda la vida claro.
“Muchas gracias.. un Martini”. Le pregunté que tomaba torpemente por si un día pintaba invitarlo. Yo creo que invitar a tomarse una a un artista nacional es como cargar de combustible las ruedas de la cultura de esta Nación. Así que hice patria. UN trago puede ser el padre y la madre de una obra de arte. Si lo sabre.
“Lo hubiera invitado a un ojito”, pensé, y salí a abrazarme con los últimos flecos de la luz del día que se moría de ganas de llover.
El ojo del tiempo podría llamarse este momento. Y se lo pondré.

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