El sepulcro de mi fé
Autor Gerardo BloomerfieldJul 7
Me sentí la tijera que corta las calles en dos: aquel papel gris se iba abriendo sin permiso violado bajo mis pies. La mirada de la lluvia siempre es fría, y la caricia de cada edificio …¿podrá reemplazarte?
Aún no lo sé. Pero sigo caminando mientras te busco. Eres mi fe.
Te he perdido envuelta en los pañales de esta aterradora ciudad. Se de sobra , fe mía, que de todas las cosas que uno ha de buscar eres la única que no se encuentra caminando. Pero siempre te busco a pie.
Está claro. Sé que no te encontraré pero caminar me ayuda a olvidarlo. Preguntaré por vos a cada vitrina.
Se acerca aquella farmacia. Enorme, vieja y lejana.
- ¿Sabés dónde está mi fé?
El vidrio se calla. El vidrio me mira. El vidrio no se ríe.
Yo soy el vidrio y yo soy de vidrio. Y a cambio…
Yo no brillo.Yo no luzco. Yo no me rompo.
Pero el sí.. brillaba, lucía. Lo rompí en esos famosos mil pedazos que nunca son mil pues nadie ha tenido jamás tiempo de contarlos. Los que si conté fueron mis pasos.
Corrí 932 pasos alejándome de allí con la piedra aún en la mano.
¿La piedra aún en la mano? Entonces no la arrojé…
Miro a lo lejos y no veo el vidrio, ni me veo en él. Pero veo como le devuelve el saludo a este tímido sol de julio. Está vivo. No le arrojé una piedra, pensé que sí. Pero no, la piedra esta en mi mano.
Estaba… la dejé caer. El vidrio esta vivo, el sol también.
Mi fe es la que está muerta. Por eso no la encuentro, claro, crédulo de mi. No puedo encontrar a una muerta en una ciduad repleta de vidrios vivos. Debo ir a buscarla donde la sepultaron. Debo ir al cementerio donde está enterrada mi fé. Debo llegar a la tumba fresca del campo santo donde mi fe ha sido sepultada bajo la tierra de la mentira.
Y como tijera retomo la caminata, cortando al medio las avenidas. Mis piernas se cierran y abren. El papel gris va cayendo detrás. Son baldosas y gente que mira.
Son el cielo olvidado de un mes insoportable.
Sufrir tiene la enorme ventaja de no permitir pensar. Y si uno no piensa, no sufre.
Mi fe ya no sufre, no piensa. Yace enterrada y la encontraré pero muerta. El cementerio de mi fe camina y lo alcanzaré.
Camino por lo que ya se volvió noche aún antes que el sol se escondiera, y voy detrás de ella. De la sepultura de carne y huesos. La veo doblando una esquina.
-Ya deja esa esquina en paz, ya deja de doblarla… pará ahí.
Y paró, y me miró. Y le llevó el reconocerme lo mismo que le llevó a mi mano derecha llegar a su boca. La tapé porque de las tumbas solo sale mal olor.
- No digas nada , por favor, nada digas. Sé bien lo que llevas adentro. Llevás mi fe enterrada. Sos la mentira forrada de piel. Sos un montón de inventos apretados contra unos huesos vacíos, tan vacíos como tu mirada. Vine a buscar mi fe, muerta y todo es mía. Y la quiero ver una vez mas.
Abrir una tumba nunca es fácil. Hay tumbas que se abren con palas. Otras tumbas se abren con el filo reluciente de un espejo de esos que como mis piernas dividen avenidas y separan para siempre lo que junto ha nacido.
Veo brotar las mentiras, a raudales por cada puerta que mi sed abre. Veo brotar la roja mentira. Mi fe estará en algún lado. Allí dentro. En el pecho, o bajo el pecho. Allí está sepultada.
La mentira grita y se retuerce. La mentira divide y se divide. La mentira se desmaya y sigo buscando. Arranco cada trozo de historia que guarda aquella mentira que sepultó mi fe. Y escarbo ese cementerio. Escarbo cada una de sus tumbas.
Y me horrorizo. La tumba de mi fe fue violada. Sacaron mi fe y la cremaron. Acabo de vaciar una tumba vacia. Acabo de matar una muerta. Acabo de mentirle a la mentira.
Miro instintivamente al cielo. Pero sé que mis manos teñidas de rojo son un muro ante mi propio Dios. Vuelvo a correr, dejando esos mil pedazos que nunca son mil. Pero recuerdo haber dado 849 pasos antes de mirar hacia atrás.
Ya no soy la tijera que corta las avenidas grises de papel. Soy un enorme pincel que va dibujando un rastro . Y me sigue la ley. Nunca apareció la policía. Pero la ley me persiguió toda la noche. En especial cuando me dormí.
Era la primera vez que dormía lejos de ella. Fe mía. Desintegrada en la hoguera, sepultada en aquel pecho vano , en aquel cementerio ambulante. Violada y profanada luego, es humo que ni el horizonte recoge ni el viento invita a pasear.
Pasé de una pesadilla a otra antes de despertar. Y el baño me recibió con ansias. Desde el botiquín me miré y me di cuenta de algo: me sentía mejor. Horrendamente mal, pero mejor que antes de ayer. Mejor que antes de encontrarme con la mentira que sepultó mi fe.
Mi fe muerta, mi fe profanada. Me sentí mejor. Y sonreí levemente.
¿Había recuperado mi fe? En absoluto, tremendamente NO.
Pero solía tener una fe tan grande, que aún luego de asesinar aquella sepultura ponzoñosa, el recuerdo de la fe que ya no tenía conmigo , me daba fe.
La fe suficiente de no esperar nada. La fe suficiente de no llenar mas baldosas con el eco de mis suelas.
Ya no camino , ya no respiro aire sino recuerdos.
Recuerdos que me hacen olvidar el silencio cada día mas, ahogado en un silencio que me recuerda lo viva que está mi carne y lo vacía que está mi vida desde que la mataste.
A mi fe.
Pero aún quedan la esperanza y el amor. Ya perdida la fe a solas estoy con la esperanza y el amor y los encierro por temor a que una mentira los sepulte. Por temor a que los maten los encierro para que parezcan un par de esos muertos con los que me cruzo de noche al caminar por entre las luces de una ciudad que a cambio de ingnorar mi alegría, me paga ignorando también mi pesar.











